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Qué festival de Sitges 2020 más raro nos ha tocado vivir. Pero bueno, tampoco le podíamos pedir otra cosa siendo este el año más raro que nos ha tocado vivir. Recuerdo que el primer día todo fue raro. Ver tan poca gente era raro, no tener que correr por las salas para conseguir un buen asiento era raro, tener tanto tiempo entre sesión y sesión era raro… Todo estaba muy tranquilo. Demasiado. Y era raro. Porque si algo nos ha enseñado (o intentado enseñar) este año es a convivir con lo raro, a intentar entenderlo y, como si de un generalizado síndrome de Estocolmo se tratara, a conseguir amarlo tanto como amábamos esa normalidad ya desvanecida.

En realidad, no se me ocurre mejor sitio para amar lo raro que el festival de Sitges. Recordemos sino la reivindicación que hace Mark Fisher de lo raro, no sólo en el cine fantástico, sino en el resto de artes. «Lo raro es aquello que no debería estar ahí», ese elemento que «es tan terrible como cautivador, tan positivo como negativo». Lo raro abruma y fascina al mismo tiempo. Lovecraft es raro. Shelley es rara. Kafka es raro. Dick es raro. Buñuel es raro. Wiene es raro. Glazer es raro. Los Cronemberg son raros. Lynch es raro. Amamos lo raro, por mucho que a veces parezca que no. Escribamos pues odas a lo raro por mucho que a veces sólo queremos escribir costumbristas elegías. Porque lo raro sólo se puede combatir con lo raro.

Fotograma de Mandibles (2020) de Quentin Dupieux
Fotograma de Mandibles (2020) de Quentin Dupieux

Quizás sea por esta necesidad que tenemos que cambiar nuestra forma de abordar esta rareza contemporánea por lo que el público de esta edición de Sitges haya caido a los pies de Quentin Dupieux y su kafkiana feel-good movie (concepto tan contradictorio como efectivo). Mandibles es una masterclass de humor surrealista en forma de road movie francés al más puro estilo Pierrot le fou (si en Pierrot le fou hubiera una mosca gigante).

La infinidad de posibilidades de una carretera secundaria y el risueño color de un verano en Francia como contrapunto a la claustrofobia existencialista y el deprimente bicromatismo de cualquier página de La metamorfósis de Kafka. Tan impredecible como el vuelo de una mosca, tan atemporal como la amistad verdadera. Por lo tanto, una invitación a preocuparse menos por lo primero y a abrazar más lo segundo. Y también a aplaudir a Adèle Exarchopoulos, que está ensordecedora (en muchos sentidos). Aunque sólo sea por su toro!, Mandibles es un claro monolito de esta edición.

De esa noción de (a)temporalidad nos habla también Alejandro Fadel en su hipnótica Elemento enigmático, 40 minutos del éxtasis de la nada. Un ensayo sin palabras (que no mudo), un lienzo sin colores (que no en blanco). Con una esencia peripatética, el director argentino presenta un relato sobre nuestra supuesta libertad o, lo que es lo mismo, sobre personajes perdidos en un laberinto sin paredes.

Fotograma de El elemento enigmático (2020) de Alejandro Fadel
Fotograma de El elemento enigmático (2020) de Alejandro Fadel

El blanco de la nieve utilizado no como texto del autor, sino como superficie sobre la que escribir un discurso propio. Una superficie que, como el mejor de los Rothko, se expande y contrae al mismo tiempo. Una oda a la invisible avalancha de emociones que supone la hoja en blanco, a la sonrisa del que quiere crear y a la lágrima del que se siente demasiado pequeño para hacerlo. Nosotros creamos mientras vemos lo nuevo de Fadel, por mucho que la nieve lo acabe enterrando.

Demostrando de nuevo la extrema heterogeneidad de las propuesta del festival, pasamos del peplum metafísico a lo Kurosawa de Fadel a la pesadilla de videoclub que Jon Stevenson nos regala en Rent-a-pal. Una simbiosis con filtro de serie B del aura tecnófilo de Videodrome (esas ganas de querer atravesar una pantalla) y de la paranoia ontólogica de Blow up (esas ganas de querer atravesar una imagen).

Una historia de amistad anácronica sobre aquellos que buscaban el contacto humano en las pantallas cuando estas aún no podían proporcionarlo. Un demente First dates de VHS, un Twitch antes que Twitch. Nos enfrentamos de nuevo, señalando a Jack Torrance como figura canónica, a los horrores causados por ese hombre cuyo cuerpo es un mero guiño de algo invisible, sea este algo la demencia, la propia ficción o un maquiavélico aunque entrañable Wil Wheaton.

Fotograma de Rent-a-pal (2020) de Jon Stevenson
Fotograma de Rent-a-pal (2020) de Jon Stevenson

También hay algo de tecnofilia de hecho en Jumbo de Zoé Wittock, aunque desde un perspectiva aún más literal (y por lo tanto atípica). La relación entre una joven y una atracción de feria como metáfora acerca de lo imprevisible del amor, abordada sorprendentemente sin ningún tipo de sensacionalismo. El cuento que hubiera escrito Lovecraft después de ver La bella y la bestia en el móvil durante su viaje a Port Aventura.

Un retrato sobre la inexplicable atracción sensorial que tenemos con lo ajeno. El color, el movimiento y la forma como elementos a los que poder amar (a la par que temer). Una película que se equilibra magistralmente bien entre el drama familiar casi televisivo y los momentos de abstracción espacial como metáfora sexual al más puro estilo Under the skin. Todo cabe en Jumbo, al igual que en el amor.

Fotograma de Jumbo (2020) de Zoé Wittock
Fotograma de Jumbo (2020) de Zoé Wittock

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