Cuarto día. El cansancio acumulado es cada vez más real y encontrar un momento para ponerse a escribir es cada vez más complicado. Pero aquí estamos, en esta nueva crónica que confirma que al menos no se me ha ido la cabeza del todo. Por cierto, no me he comido ningún spoiler sobre The Lighthouse. Parecía imposible, pero se consiguió. En la próxima crónica os cuento qué tal.

Amigo, Óscar Martín

La retorcida antítesis ibérica de Amour de Haneke. Una historia sobre la herida como materialización del trauma, sobre ese estridente sonido intermitente que nos genera un insufrible remordimiento y nos transporta a ese pasado que ansiamos olvidar. Esta oscura historia con ecos de What Ever Happened to Baby Jane? convence, sobre todo, cuando su terror y su ironía van de la mano. Ese descenso a la locura resulta aún más escalofriante cuando una sonrisa es más cortante que cualquier cuchillo. Amigo encuentra en esa risa incómoda del espectador su razón de ser, su firma propia. Porque es cierto que, a nivel puramente narrativo, Óscar Martín no cuenta nada que no nos hayan explicado ya.

Sea como sea, su conjunto funciona. Hay espacio en la cinta para referenciar a esa obsesión por las imágenes que Susan Sontag presenta en Sobre la fotografía, al igual que lo hay para experimentar con un proto-found footage psicológico y ese estilo visual heredero indirecto del nuevo terror indie estadounidense presidido por A24. Imposible olvidarse de las interpretaciones de la pareja protagonista, dos actores (y amigos) en puro estado de gracia. Resulta fascinante enterarse de que gran parte de los diálogos son improvisados, por mucho que eso acabe provocando una recta final que cojea más de lo que debería a nivel puramente técnico.

The Room, Christian Volckman

La película menos destacable de esta edición. Nada funciona en exceso en esta ingenua reescritura del cuento corto de W. W. Jacobs. Este previsible cuento basa su razón de ser en predicar un moralismo tan básico como es el desconfiar de la dicha «a caballo regalado no le mires el dentado». Pocas son las decisiones arriesgadas que se toman a lo largo de este falsamente pretencioso guión, que parece creerse más listo de lo que realmente es.

Ni cuando toma decisiones mínimamente estimulantes puede evitar justificarse de forma inmediata, señalar ese tan inteligente y profundo giro que su historia ha decidido tomar. Si necesitas aclarar de forma explícita que tu relato se influencia en Nietzche, quizás no lo estás narrando todo lo bien que deberías. Porque sentir que una película viene de serie con comentarios del director nunca es una buena noticia.

Ni siquiera la dirección o la puesta en escena se salvan del suspenso. Todo falla en esta distopía «tecnomágica» que parece construirse con piezas de todos esos episodios de Black Mirror que fueron rechazados en la sala de guión.

The Nest, Roberto de Feo

Nacida para dividir a la crítica. Ardua es la tarea de categorizar este curioso Frankestein genérico italiano al que no se le puede negar su afán por reivindicar una identidad propia. De Feo convierte su ópera prima en una auténtica declaración de intenciones, en una peculiar simbiosis de géneros que, aún funcionar, parece no acabar de explorar del todo su auténtico potencial. Amor adolescente, sociedades extrañas propias del folk-horror, corporales apariciones espectrales al más puro estilo Ringu y pequeños microcosmos sociales que parecen querer emular a Canino de Lanthimos.

Quizá el problema principal de The Nest lo encontremos en su falta de carisma. Aún ser plausible la presencia de un prometedor autor, sus imágenes acaban resultando olvidables, al igual que lo son sus personajes fríos y mecánicos. Aspira a dominar todos los senderos que emprende sin llegar al final de ninguno. Pero hay que reconocer que es admirable lo fácil que le resulta engañarte con su arriesgado pero fascinante final. De Feo te obliga a (sobre)analizar su relato como una crítica al nacionalismo injustificado, a ese proteccionismo elitista e insensible; a esas ya anticuadas narraciones shakesperianas sobre amores imposibles. Todo eso para demostrarte que prejuzgar puede llegar a ser el peor de los pecados.

Nimic, Yorgos Lanthimos

El retorno concentrado de la faceta originaria del director griego. Esos existencialistas relatos distópicos vacíos de alma y llenos de nihilismo resucitan con Nimic, una impasible metáfora sobre la impersonalización, sobre ese miedo natural a aceptar la falsedad del solipsismo. Lanthimos nos obliga a darnos cuenta de que no somos únicos, de que somos completamente intercambiables. Reivindica ese miedo al remplazo hasta el punto de literalizar al máximo el concepto del síndrome del impostor. Porque no somos protagonistas de nada, ni siquiera de nuestra propia vida.

Como siempre, nos topamos con ese preocupantemente perfeccionista universo que sólo un obseso visual como Lanthimos podría orquestrar. Porque hay que ser un auténtico psicópata cinematográfico para concebir esos inmensos planos generales que parecen aspirar a grabar las mismísima curbatura de la Tierra. Resulta omnipresente ese minucioso cuidado del director por demostrar su presencia en el filme, que se detecta incluso en ese casi orgásmico diseño tipográfico de los créditos. Lo único que podemos (y debemos) lamentar es no poder disfrutar de Nimic en forma de largometraje. Es inevitable quedarse con ganas de más de este anómalo Kafka del cine europeo.

Aquí podéis acceder acceder a la crónica del tercer día.

No os perdáis el resto del Festival:

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