Nunca he sido muy aficionado a la animación japonesa. No por ningún motivo en especial, simplemente la he dejado de lado. Y en parte es extraño, porque cuando vi El viaje de Chihiro hace unos años me dejó boquiabierto, con ganas de conocer más acerca de este fascinante y peculiar universo. Pero aquí estamos, en pleno 2019 y sólo he visto una película de animación japonesa. Bueno, dos. Porque este pasado viernes pude disfrutar de Mirai, mi hermana pequeña, una hermosa obra de Mamoru Hosoda nominada tanto al Óscar como al Globo de oro a Mejor filme de animación.

Con la mirada de un niño

Asomar la cabeza al universo de Mirai es introducirse de lleno en un universo totalmente diferente, con lo bueno y lo malo que eso conlleva. Nos encontramos ante una película que, al igual que ocurre con gran parte del cine de animación oriental, funciona con unas normas y mecánicas distintas a la lógica cinematográfica occidental. La historia busca semejarse más a un cuento que a un guión, lo que aporta al filme un toque cercano e incluso mágico. Y si a esta esencia de fábula le sumamos el encanto que desprende la familia y los lazos que se atan y desatan durante el metraje, Mirai se convierte en una obra que enamora.

Quizás lo más sorprendente de la película de Hosoda es la capacidad que tiene de crear un espacio donde la realidad y la fantasía conviven de forma tan natural. Estos dos universos funcionan a la perfección, hasta el punto de que Mirai te permite ver el mundo desde los inocentes e irracionales ojos de un niño. La cinta consigue transportarte a tu infancia, a esos momentos en los que tu imaginación podían convertir tu rutinaria realidad en una constante aventura. Justamente por este motivo Mirai recuerda tanto a un cuento, porque lo importante no es el qué, sino el cómo. Desde la primera escena sabes cómo va a acabar la historia y cuál va a ser su moraleja final. Pero a Hosoda no le preocupa el destino, sino el viaje.

¿Puede lo estético compensar lo narrativo?

Este es un debate que me surgió tras la proyección. No salí disgustado con la película ni mucho menos, pero es cierto que, por muy sorprendente que sea su universo, narrativamente cojea (y creo que de forma intencionada). Es evidente que la historia no era la mayor preocupación de los creadores, pero considero que una recta final más sorprendente hubiera convertido a Mirai en una obra mucho más completa. Porque su calidad visual es indudable, al igual que su capacidad de crear situaciones oníricas y simbólicas. No se puede cuestionar que el filme es un impredecible laberinto en el que no sabes con qué te vas a encontrar al doblar cada esquina. Pero aún así, da la sensación de que le falta un sentido, como si al llegar al final del laberinto te cuestionaras si ha valido la pena recorrerlo.

Esta es la única pega que le pongo a Mirai: Tienes que estar predispuesto a disfrutar del viaje. Si lo que te importa es el destino, puede que te deje insatisfecho. Yo acepté las pruebas que me propuso, y no negaré que me gustaron. Pero es cierto que me esperaba un reflexión algo más profunda que fuera más allá del común «la familia es importante». Aún así, hay que reconocer que la cinta también consigue tratar temas como el legado, la empatía y la relación entre el pasado y el futuro de una forma interesante. Pero, repito, puede llegar a no ser suficiente.

¿Es novedoso este reflejo?

Debo reconocer que me siento confuso. Siento que no puedo ni recomendar ni no recomendar Mirai, porque no estoy seguro de si lo que he visto es algo totalmente novedoso o la animación japonesa lo lleva haciendo durante años. ¿Esta magia que desprende la película me sorprende por ser esta obra en concreto o porque no estoy acostumbrado a esta forma de contar historias? No puedo evitar pensar en Victor Kossakovsky, un cineasta ruso que decidió evitar que su hijo se viera reflejado en un espejo durante sus dos primeros años de vida. Tras ese tiempo, le permitió contemplar su reflejo, dejando al pequeño increíblemente sorprendido. Ver nuestro reflejo no nos impacta, porque estamos acostumbrados a él. Pero para este niño, su reflejo era algo mágico. ¿Soy yo como el hijo de Kossakovsky? ¿Es novedoso el reflejo de Mirai? Para saberlo, tendréis que mirar en el espejo.

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