No me gusta escribir sobre películas que no me han gustado. Mientras algunos críticos parecen disfrutar destrozando una película en una critica, a mí me hace sentir realmente incómodo. Por muy disgustado que haya salido de una proyección, cuando me veo delante de la página en blanco ese enfado se convierte en indecisión. Y así es como estoy ahora mismo, indeciso. Porque hoy vengo a hablaros de Mía y el león blanco, una película que, resumiendo, no me ha gustado.

La enfermedad de la artificialidad

Mia y el león blanco es una comedia familiar que nos habla del poder de la amistad y de lo inexplicable que pueden llegar a ser los vínculos que establecemos con las personas. Sí, es inevitable darse cuenta de que este es un argumento con el que ya nos hemos cruzado en más de una ocasión. Pero este no es motivo suficiente como para dejar de creer que el filme no vaya a tener algo que nos atrape a la pantalla. Por desgracia, Mía y el león blanco no nos cuenta esta oda a la amistad de una forma demasiado llamativa.

La trama de esta película francesa es de lo más previsible a la par que desesperante que he visto en mucho tiempo en una sala de cine. Por mucho que un servidor esté teniendo en cuenta que esta no es una obra dirigida al sector adulto, no consigo encontrar tampoco ningún aspecto de este cuento naturalista que pueda atrapar al público más joven. La historia resulta lenta, todo se alarga más de lo que debería hasta el punto de resultar tedioso. Y cuando parece que nos encontramos ante un momento más memorable que el resto, uno de esos instantes mágicos que puedan hacer que todo valga la pena, el director parece tener demasiada prisa como para prestarle atención.

Disfrutar de las vistas

Resulta frustrante que una película que nos debería hablar de nuestro vínculos con la naturaleza y de cómo debe ser nuestra relación con ella acabe resultando tan fría y artificial. Durante la mayoría del metraje parece como si el director hubiera puesto el piloto automático y simplemente prestara atención en llegar al destino, sin permitirse mirar por la ventanilla y disfrutar de las vistas. Hablar de un tema como es las primeras amistades y lo díficil que puede llegar a ser tener que decirles adiós requiere un tacto especial, buscar un tono intimista que consiga convencerte de que lo que estás viendo es algo único. Por desgracia, el filme no lo consigue.

La forma en la que Mía y el león blanco está planteada no te permite disfrutar de las vistas por mucho que lo intentes. El ritmo de su montaje es demasiado frenético, los giros de guión son demasiado forzados e incoherentes y las ideas que pueden llegar a buen puerto son totalmente autoboicoteadas. Salvando una fotografía que se mantiene decente sin querer arriesgar, nos encontramos ante una apuesta que, sintiéndolo mucho, me ha dejado totalmente insatisfecho.

«Nunca digas eso»

No me gusta escribir mal de una película y gran parte de la culpa la tiene John Krasinski, director de Un lugar tranquilo. En una entrevista habló acerca de una conversación que había tenido con el reconocido cineasta Paul Thomas Anderson. En esta, Krasinski empezó a hablar mal de una película que había visto recientemente, a lo que su compañero le respondió enfadado que no debería decir nunca que una película es mala, porque si ese pensamiento se extiendiera nadie les dejaría volver a producir una experiencia similar.

Supongo que así es como quiero acabar la crítica de Mia y el león blanco, con este pensamiento positivo de que, por mucho que el director no haya apretado las teclas correctas esta vez, puede que sí lo consiga en la próxima. Por eso prefiero dejar esta crítica sin puntuación concreta por primera vez desde que escribo para el blog, porque me niego a materializar en estrellas la idea de que esta película es mala. Porque, como diría Paul Thomas Anderson, nadie debería decir eso jamás.

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