La tragedia de Peterloo de Mike Leight ha sido un grata sorpresa. Ya me confesé sobre esto en mi crítica sobre La favorita, así que no me importa volver a hacerlo ahora: las películas de época no suelen ser santo de mi devoción. Entendedme, no estoy diciendo que mi organismo empiece a fallar si la historia que estoy consumiendo no se sitúa en pleno siglo XXI.

Pero sí es cierto que el cine histórico me llama menos la atención, quizás porque inconscientemente doy por hecho que su estética y narrativa ofrecen pocas posibilidades a los cineastas a la hora de experimentar con el género. Lanthimos ya me demostró a principios de año con su fantástica historia de decadencia, «amor» y traición lo equivocado que estaba. Lo que sí que no esperaba es que, meses después, sería Leight quién me volvería a convencer del poderío visual y narrativo que este género puede esconder.

Tiempo y palabra

Mike Leight ha decidido cocer a fuego lento esta historia de revolución, decisión que, aun poder parecer precipitada de inicio, da muy buenos resultados. El director parece entender a la perfección la importancia que la palabra puede llegar a tener en este tipo de conflictos sociales, dejando de lado la acción para dar paso al diálogo, el discurso y la promesa. El filme parece asumir en ciertos momentos un tono casi documental, una naturaleza extremadamente contemplativa donde el objetivo principal es mostrar el lento proceso que lleva a una sociedad descontenta a activarse para luchar contra sus opresores.

Porque la verdadera magia de la película reside en ver cómo la resignación se convierte en inconformismo, la tristeza en ira y la sumisión en revolución. El encanto de esta pequeña joya reside, en parte, en cómo Leight consigue reflejar en rostro ese aura de esperanza. Cómo consigue reflejar en el paisaje ese sentimiento colectivo de insatisfacción y soledad. Cómo consigue, sobre todo, reflejar crudamente ese dolor que la muerte de la ilusión conlleva.

Resulta incluso paradójico que La tragedia de Peterloo consiga, hablando de un conflicto colectivo, adoptar un tono tan intimista. El trabajo tras la cámara del director encuentra un equilibrio tan sutil entre el costumbrismo y el sosiego que acaba adquiriendo una condición casi pictórica. El meticuloso trabajo de composición, encuadro e iluminación hacen inevitable que algunos planos nos recuerden al Kubrick de Barry Lyndon e incluso a la soledad colectiva que Hooper plasmaba en sus obras. Leight firma una auténtica lección de cine, por mucho que ese ritmo tan paulatino pueda acabar generando momentos más superfluos que otros.

Generar dolor empático

El mayor mérito de la película reside en este punto, en la capacidad que tiene el filme de resultar sobrecogedor de forma minimalista. Menos a veces es más. El director deja de lado la épica y se agarra al tono documental, quizás para recordarnos la autenticidad y veracidad de sus imágenes. Leight busca el dolor real, ese que no necesita ser explícito ni visceral para resultar empático. Porque toda esta arquitectura fundamentada en la debil promesa y la inocente esperanza acaba cayendo de forma tan desoladora como atractiva.

Es imposible no sentir rabia e impotencia con este crudo pero sentido retrato de Peterloo. Porque el carácter puro y realista del filme no intenta convencerte de que esto pasó, intenta convencerte de que esto sigue pasando. Esta despiadada historia nos duele porque lo concebimos como un relato universal, un escenario atemporal que seguimos viendo a día de hoy en nuestros televisores. Quizás nos duele tanto porque hasta cierto punto Leight consigue encerrar cierta contemporaneidad en un relato histórico. Quizás nos duele porque nos damos cuenta de que la historia se repite. Quizás nos duele porque esos podríamos ser nosotros.

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