Warren Beatty (no lo olvidaremos después del error que cometió en los Oscars y se hizo viral) se pone al mando de esta historia. Encarna también a la figura central de la trama, Howard Hughes, un multimillonario magnate que hizo de todo porque podía, además de ser director y productor de cine. En una época en que comenzaban a verse los síntomas de su enfermedad mental, aparece en escena Marla Mabrey (Lily Collins), una joven baptista aspirante a actriz y el chófer del mismísimo Hughes (uno de ellos), interpretado por Alden Ehrenreich (el próximo Han Solo), que resulta ser también una persona espiritual. Desde el primer contacto ya se crea una atracción mútua que no puede llegar a buen puerto, puesto que la primera norma del jefe es que sus  empleados no pueden intimar con las actrices.

Y ya lo tenemos todo servido. Sin embargo, la película no consigue cautivar ni sobresalir. La primera parte va acelerada para presentarnos a la pareja joven y al alocado y excéntrico Hughes, que tarda en dar la cara; los diálogos son rápidos, así como los cambios de escena. La segunda parte lleva un ritmo más tranquilo, más dramático, puesto que la vida de ellos se complica. Pero ni las actuaciones ni el montaje consiguen hacernos sentir parte de la historia. ¿Y qué nos queda? Una película liviana.

Hollywood en los años 50

Algunos aspectos que están conseguidos con relación a la vida del multimillonario son esos momentos de tensión que se crean por su enfermedad y que lo llevaron a estar alejado de la vida pública.

(Spoiler) Un dato curioso y que aparece incluso en Wikipedia es la obsesión de Hughes por las costuras de las blusas que llevaban las actrices y que parecían que cada uno de los pechos tenía dos pezones. Todos esos detalles están tratados de manera cómica y a la vez melodramática por  Beatty, lo que hace que el personaje no sea odiado por el espectador, aunque tampoco podría considerarlo un tipo encantador (/Spoiler)

Otra cosa positiva es el elenco de actores que forman parte de la película, como Matthew Broderick, Martin Sheen, Anette Bening o incluso el propio Ed Harris, aunque solo sean unas líneas de guión. Algunos habríamos agradecido que sus actuaciones hubieran durado unos minutos más en pantalla.

En resumen, tenemos un filme aceptable ambientado en  el Hollywood de mediados-finales de los años 50 con la voz de Lily Collins de fondo cantando con acompañamiento de piano «the rules don’t apply to you.»

 

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