Hace unos años vi Celebración, una película del director danés Thomas Vinterberg e inscrita dentro del género cinematográfico Dogma. Me fascinó, me pareció una propuesta totalmente distinta a cualquier cosa que hubiera visto antes. Por supuesto, cuando me enteré que este director estrenaba una nueva película no pude contener la emoción. Hoy os traigo la crítica de Kursk, un filme bélico basado en una horrible historia real.

La humanidad a debate

Kursk narra la historia de un submarino soviético con el mismo nombre que, haciendo pruebas armamentísticas durante la Guerra fría, se estrella en medio del mar. El accidente, a demás de dejar a multitud de hombres a la interpérie, genera una compleja situación política y social. Antes de hablar de los aspectos técnicos, necesito parar un momento y alabar sus intenciones argumentales. Kursk és una película bélica en la que no aparece ni una sola arma. Para Vinterberg, lo único importante es subrayar el lado humano del conflicto y dar voz a los verdaderos héroes.

Lo que diferencia al filme de otros de su género es la capacidad que tiene de generar una crítica política justificada, impactante y profunda. La historia consigue de forma sorprendentemente sobria y elegante hacer reflexionar al espectador sobre el sentido de los conflictos armados. ¿Los gobiernos se preocupan por sus ciudadanos? ¿Tiene más valor el orgullo de una nación que las vidas de 20 hombres? ¿El amor por un país lo justifica todo? Estas son algunas de las complejas preguntas que el filme responde con sencillez y elegancia. Kursk es una propuesta incómoda a la par que necesaria.

Encerrada en su propio escenario

Ya en la primera escena del filme se pueden encontrar muchas de las características que Vinterberg aún conserva del movimiento Dogma. La visible libertad de la cámara nos transporta de forma inmediata a Celebración y nos genera una inevitable pregunta: ¿Se puede transportar los elementos de este concepto al interior de un submarino? Cualquiera diría que encontrar la naturalidad y simplicidad del Dogma en un escenario tan artificial y frío sería imposible. Quizás tengan razón.

Algo que chirría en Kursk es su continuo cambio de registro técnico. De las secuencias dinámicas y libres del exterior pasamos a las herméticas y coartadas del interior. Este constante contraste llega a hacerte creer que estás viendo dos películas distintas al mismo tiempo. Es como si la propia localización del filme cortará las alas al director. No obstante, hay que reconocer el mérito que tiene que en algunas secuencias haya conseguido que los dos mundos se encuentren.

La importancia de la empatía

Que una película consiga hacerte sentir lo mismo que sus protagonistas sienten es señal de que algo hace bien. En una película de catastrofes la empatía en el espectador es fundamental, y en Kursk la encontramos de forma intermitente. Es irónico que las escenas que más impacten sean, en general, las que ocurren fuera del submarino. Vinterberg filma con increíble tacto y cariño los horrores que las familias de las víctimas viven en tierra firme. Así se crean los mejores momentos del film, los cuales se encuentran dentro de los potentísimos primer y tercer acto. Estas dolorosas secuencias provocan una sensación de impotencia brutales en el espectador, no tanto a nivel argumental como a nivel visual.

En cambio, las escenas del submarino que debería ser claustrofóbicas cuantos menos no lo son en absoluto. Es cierto que algún momento es más impactante que el anterior, pero son simples excepciones de la monótona regla del filme. A esta falta de funcionalidad de la cámara, se le suma el hecho de que el guión, sobre todo durante su segundo acto, es más bien repetitivo y no sabe encontrar golpes de efecto. En resumen, que hay momentos que llegan a ser aburridos.

Pero restarle mérito a esta cinta sería tremendamente injusto. Kursk es una propuesta valiente a la par que inteligente, que busca encontrar en el género bélico un toque mucho más humanista y sentimental. Es un gusto poder decir que aún hay directores que intentan innovar y salir de su zona de confort, creando además obras interesantes cuanto menos.

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