Es casi inevitable no relacionar a Jonah Hill con el género cómico. Sus papeles en Infliltrados en clase, El lobo de Wall Street o ¡Ave César! lo convierten en una de las caras más reconocibles dentro de la comedia norteamericana. Jonah Hill es sinónimo de diversión. O, más bien dicho, lo era. Porque con su debut como director parece llevar a cabo una metamorfosis artística. Las risas de sus anteriores trabajos se convierten ahora en imágenes urbanas tan sinceras que duelen. Porque En los 90 (o Mid90s) puede entenderse como muchas cosas, pero os puedo asegurar que no como una comedia.

El arte de la evasión

En los 90 es una oda (y a la vez elegía) a esas infancias complejas, a esos niños obligados a madurar prematuramente. Hill narra una historia sobre lo difícil que es sentirse perdido y, a la vez, lo maravilloso que puede ser perderse. Los suburbios se convierten en una prisión que encierra a la juventud, en un arma que aniquila las esperanzas de un futuro mejor. La película se convierte así en un poema costumbrista sobre la pérdida de la inocencia. O, más bien, en un experimento social que se propone descubrir las consecuencias de una infancia donde la inocencia nunca ha existido.

Quizás uno de los elementos más interesantes de la película sea el cariño con el que el director plasma el skate, la actividad que se convertirá en el único vehículo de evasión posible para estos jóvenes. Para Hill, patinar no es un simple deporte, es algo mucho más profundo. Al igual que para Chazelle el jazz no es solo un género musical en La La Land, o el cine no son simples imágenes en movimiento para Tornatore en Cinema Paradiso. Hill eleva el skate al nivel de cualquier disciplina artística, hasta el punto de equiparar al joven que arregla su tabla con el luthier que construye un violín. Se establece un paralelismo entre el skater y el artista bohemio, ya que ambos utilizan su arte como forma de huir de una sociedad que no les representa.

Humanamente complejo

Pero el mayor acierto de la cinta reside en la capacidad que tiene el director (y guionista) de construir su relato evitando por completo el maniqueísmo. Nada ni nadie es integramente bueno o malo, ni siquiera esa actividad que defiende como la salvación de una generación perdida. El skate y todo lo que le rodea se convierte en la medicina y al mismo tiempo la enfermedad de nuestro protagonista, el cual vive, irónicamente, una huida del infierno a través de un descenso hacia el mismo. El sexo, el alcohol y las drogas transportarán a nuestro joven protagonista a un limbo que, por enfermizo que pueda parecer, sigue siendo más placentero que su propia realidad.

Costumbrismo cuadriforme

En su ópera prima, Jonah Hill decide generar un estimulante imaginario visual a partir del costumbrismo urbano tan común del cine independiente producido por la productora A24. A partir de las bases del subgénero mumblecore, el director presenta una obra donde, por muy potentes que puedan llegar a ser, las imágenes quedan en muchas ocasiones subordinadas a la palabra. Al igual que en el cine de Cassavetes, los diálogos e interpretaciones basados en la naturalidad y la espontaneidad consiguen aportar al filme una sinceridad que oscila entre la ternura y el pecado.

En lo referido a la fotografía, es difícil no pensar en Lady Bird de Greta Gerwig o The Florida Project de Sean Baker mientras contemplas los planos de Hill. No obstante, el director busca otorgar un toque de distinción al filme utilizando un formato de imagen cuadrado (prácticamente 1:1) que sacrifica el plano general con tal de conseguir una doméstica sensación de cercanía.

Jonah Hill

Hay que reconocer que el apartado visual de En los 90 no llega a ser tan impactante como el narrativo, impidiendo así que el debut de Hill sea una obra redonda. Por mucho que se puedan detectar ideas muy inteligentes (sobre todo a nivel de montaje), es cierto que su faceta de guionista supera, en mi opinión, a la de director. Me apena darme cuenta de que muy pocos planos se me han quedado grabados en la retina.

Esto no quita que, aún tratándose de una ópera prima, nos encontremos ante una de las películas más imprescindibles del año. No me precipito si os aseguro que estamos ante el mejor desenlace del año (junto con el final de Los hermanos Sister). Definirlo como sobrecogedor es quedarse corto. Si Jonah Hill va a mantener siempre este nivel tras la cámara, perdonadme, pero no quiero que me vuelva a hacer reir jamás.

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