«Cualquiera puede cocinar». Esto defiende a capa y espada Auguste Gusteau, el inspirador chef que aparece en la película de animación Ratatouille. Y es que, tristemente, no se me ocurren demasiados ejemplos de filmes que hablen del arte de cocinar. La cinta lanza un bonito mensaje acerca de la universalidad y accesibilidad del Arte. «Cualquiera puede cocinar» equivale a un «cualquiera puede crear». Cualquiera puede dedicarse al Arte, por muy elitista y exclusivo que pueda parecer a veces. Todo es Arte y todos somos artistas si así lo queremos, ya hablemos de pintura, cine, música o incluso cocina.

El pasado como leit motiv

El cocinero de los últimos deseos, la última película de Yōjirō Takita, podría ser entendida como un intento de construir a la perfecta antítesis de Gusteau, a un protagonista que cree que no cualquiera es capaz de cocinar. Bajo esta premisa se construye un más que interesante relato lleno de sinérgias y misceláneas. Sin querer entrar en detalles argumentales para evitar estropear demasiado de la curiosa trama, es inevitable destacar lo bien que el filme consigue amasar culturas. A nivel narrativo, nos encontramos ante un relato que fusiona a la vez que actualiza el ciclo mesiánico medieval, el cuento dickensiano, la literatura clásica japonesa y el filme de aventuras spielbergiano de forma homogénea, accesible y completamente funcional.

La cinta consigue que está aparentemente compleja maquinaria argumental luzca fascinantemente mágica, sincera y única. El relato huye de cualquier tipo de elitismo y encuentra en su sencillez y modestidad su autenticidad. El cocinero de los últimos deseos desprende un estimulante aura fantástica que transmite un más que sincero amor por la cocina japonesa, el cual se convierte en uno de los mayores méritos del filme. El legado familiar, la herencia cultural y el poder unificador del arte son algunas de las temáticas que abarca la cinta de forma sublime. El último trabajo de Takita se convierte así en una certera actualización de los relatos clásicos, desde los orientales como Genji Monogatari hasta los occidentales como Cuento de Navidad, pasando por los más contemporáneos como Indiana Jones.

Lo oriental a través de lo occidental

Quizás otros de sus puntos fuertes sea cómo su apartado visual busca adoptar una mirada mucho más occidental, buscando encontrar el equilibrio perfecto entre el dinamismo y el pictoricismo. Dejando de lado la naturaleza contemplativa y pausada del cine oriental, el filme consigue mostrar una visión atípica de la cultura japonesa. A partir de este dualismo basado en la contraposición se generan interesantes secuencias que, independientemente del resultado final, dejan al espectador con la satisfactoria situación de estar disfrutando de algo fresco y novedoso. Mención especial a la banda sonora del filme, que cocina a fuego lento un delicioso menú sonoro compuesto por música tradicional japonesa.

Pero hay que reconocer que a este plato de Yōjirō Takita la ha faltado un poco de sal. Aunque en general podamos calificarla cómo una película más que notable, algunos elementos concretos acaban restándole puntos. Que el director decida convertir su tercer acto en una película de espionaje hace que esa magia de lo tradicional desaparezca. Sin tener en cuenta el aura excesivamente dramática que desprende. Todo esa intención reinterpretativa de los géneros clásicos se pierde para convertirse en una historia mucho más convencional, por más o menos sorprendente que pueda resultar su giro final.

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