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una villa en la toscana
Fotograma de "Una villa en la Toscana" (2021) de James D'Arcy

¿Soy yo o nunca había hecho tanto calor en Barcelona? Creo que sólo hay dos opciones. O de verdad estamos viviendo el clima más insoportable de la historia de la ciudad condal o estamos tan aburridos de este (no) verano que poner en competición a la temperatura es el mejor entretenimiento al que podemos optar. La rutina asfixia tanto como la más agresiva de las olas de calor. Y sí, lo habéis adivinado, este redactor aún no ha podido irse de vacaciones. Quizás por eso me haya parecido tan refrescante Una villa en la Toscana, una brisa de aire fresco que, aunque lejos de ser tan efectivo como un chapuzón en la piscina, resulta inevitable agradecer (a caballo regalado…).

Rutina inusual

«La vida cotidiana se parece más bien a una cadena ininterrumpida de momentos grises con un alto contenido de nerviosismo, en el interior de la cual se producen a veces accidentes que dejan adivinar que las cosas podrían ser de otra manera». Me apasiona esta frase que el filósofo Laurent de Sutter utiliza para describir las vacaciones y lo bien que podemos extrapolarla a la opera prima de James D’Arcy. Porque sin duda encontramos en la cinta un intento de teñir el mundano ambiente capitalista, ya sea a partir de los naturalistas colores del paisaje italiano (lo bucólico) o de la agresiva policromía de la pintura contemporánea ejercida por el personaje de Liam Neeson (lo traumático).

Sin duda este viaje por Italia, que es a su vez un viaje a la sencillez y complejidad que habitan siempre en cualquier pasado, es una invitación a romper con esa «cadena de momento grises» (pocos lugares más grises que Londres) y a abrazar lo luminoso que reside en aquello que «podría ser de otra manera». Quizás por eso la película se mueva muchísimo mejor en el terreno de las luces que en el de las sombras. Esos tiempos muertos por los cálidos no-lugares italianos, por mucho que rocen el cliché con la yema de los dedos, saben contagiarte de su despreocupación, induciéndote en una cotidianidad que, lejos de ansiar el perfeccionismo, resulta carismática. Incluso lo acaban siendo esos toques de humor que desde lo forzado y desactualizado no pueden ser otra cosa que entrañables.

una villa en la toscana
Fotograma de «Una villa en la Toscana» (2021) de James D’Arcy

Regalos y pecados de un debut

Siempre con el objetivo de redactar una oda a Italia, James D’Arcy parece querer colocar su debut en un punto medio entre la mágica cotidianidad de Cinema Paradiso y la exactitud costumbrista (aunque bastante menos aburguesada) de Call me by your name. Creo que no hace falta subrayar que el recién estrenado director aún se queda algo lejos de Tornatore y Guadagnino. Pero resulta interesante detectar aquellos planos colocados meticulosamente en el metraje a modo de declaración de intenciones (homenaje a Pierrot Le Fou incluido), por mucho que puedan llegar a provocar disonancias (escenas que deambulan entre Amarcord y Carretera Perdida) evidentes en el montaje final. Una villa en la Toscana acaba siendo un viaje visual irregular e inconsecuente, pero se acaba destilando de este una intención digna de destilar.

La historia, por otro lado, parece debilitarse cuando más consciente es de que tiene que serlo. Como ya comentaba antes, los momentos donde la película cojea de forma más evidente son aquellos en los que D’Arcy intenta reconducir su narrativa hacia el concepto tradicional de conflicto. Los momentos dramáticos, los puntos en los que la relación paterno-filial en crisis que encabeza la cinta se ponen en primer plano, son justamente los instantes en los que esta parece construirse de forma más artificial y menos convincente. Esos fragmentos de vida, faltos de coreografía y desbordantes de espontaneidad, en los que Micheál Richardson (la guinda del pastel) y Liam Neeson (entrañable en toda escena alejada de la soap opera) parecen haberse dejado sus guiones en casa son aquellos más propensos a quedar grabados en la retina. Son, al fin y al cabo, aquellos que más nos alejan de nuestra gris monotonía.

Fotograma de «Una villa en la Toscana» (2021) de James D’Arcy
Fotograma de «Una villa en la Toscana» (2021) de James D’Arcy

Pero mientras escribo estas líneas me quedo con lo bueno. Se le pueden recriminar bastantes cosas al debut de James D’Arcy. Pero la de ser pretencioso no es una de ellas. El debutante se aproxima por primera vez a la cámara con los pies en el suelo, convirtiendo su primer proyecto como cineasta en una entrañable anécdota veraniega, en una de esas historias sin pretensiones que nos prometen (aunque quizás luego no sea cierto) que todo va a estar bien. Y que quizás, y sólo quizás, dentro de poco deje de hacer tanto calor en Barcelona.

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