Vladimir Jankélévitch, filósofo y musicólogo francés, creó un término que me lleva fascinando desde que lo descubrí: la primultimidad. Lo que intenta expresar esta palabra es que todas las primeras veces son, a la vez, la última vez. Por ejemplo, un primer beso es el último primer beso al mismo tiempo. Este filósofo francés defiende que cada vez que llevamos a cabo una acción, como un beso por ejemplo, simplemente creamos ecos de esa primera vez que la hicimos y, por lo tanto, no dejan de ser copias. Beautiful boy es muchas cosas, pero en gran medida es una historia sobre cómo nos aferramos a esos ecos, a esa primera vez pasada que no queremos que acabe nunca.

Contraposiciones

Beautiful boy es una dulce pero dolorosa historia que nos conduce por la trayectoria de una relación paternofilial deteriorada por culpa de la drogadicción del pequeño. Este vínculo entre padre e hijo marcará el eje central de una trama sobre el paso del tiempo y la necesidad de aceptarlo, sobre la dificultad de admitir que al final lo único que quedan son los ecos de algo que ya se fue. Resulta gratificante ver cómo el director construye un interesante diálogo entre el pasado y el presente, generando paralelísmos visuales que nos dejan claro que el pasado sigue presente, pero a la vez ya se fue. Por este motivo acaba siendo mucho más gratificante el punto del vista del padre, porque es él quien tiene que lidiar con este complejo diálogo y decidir si aferrarse al pasado o al futuro.

Por otro lado, mientras el personaje del padre debe lidiar con este debate, tenemos a un hijo que lucha por conseguir ser feliz sin necesidad de acudir a las drogas. Quizás aquí entra uno de mis pocos peros a la película, y es que creo que, como espectador, es más complejo empatizar con este personaje que con su padre. El filme materializa a la perfección los horrores que las drogas pueden causar, no sólo a quién las consume, sino también a quienes le rodean. Pero, al final, la drogadicción del protagonista parece funcionar como un ciclo mecánico, que sólo sigue girando para que la película no se termine. Por eso el final llega a parecer algo vacío, porque no es fácil descifrar qué posición está tomando el director en este asunto.

El nuevo realismo

Aunque en este diálogo temporal reside gran parte de la magia de la película, es cierto que también hay otros aspectos a destacar. Por ejemplo, su estilo visual que, aún recordar a la fotografía de otros títulos como Lady Bird o The Florida Project, consiguen otorgar algo de calidez y humanidad a momentos realmente fríos y complejos. Por mucho que se puedan establecer similitudes con otras cintas, no se puede negar que hay intención en la dirección Felix Van Groeningen, que consigue plasmar en su filme ideas muy buenas. Es muy interesante su forma de representar los efectos de las drogas en el protagonista a partir de juegos de cámara como el desenfoque o la sobreexposición. Al igual que resultan muy cómodos los momentos pausa, donde la acción se detiene para dar rienda suelta al carisma de los actores principales.

Hablando de los actores principales, quizás estemos ante la guinda del pastel. Timothée Chalamet sigue desprendiendo sinceridad en cada uno de sus gestos manteniendo el nivel de sus anteriores actuaciones. Por otro lado, Steve Carrell nos vuelve a demostrar que el drama es un territorio en el que también se siente cómodo. La química entre ambos protagonistas es tal que los momentos más conmovedores e impactantes del filme son aquellos en los que sólo intervienen ellos dos. No hace falta música, ni un complejo montaje ni un bellísimo plano. Una simple conversación entre ellos puede ser más desgarradora que toda la película en su conjunto. Que un simple plano/contraplano me conciencie más sobre los efectos de las drogas que la más horrible y explícita de las escenas es un mérito que hay que reconocer. El poder del realismo para llegar al espectador.

 

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