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Adú es una oportunidad perdida, quizás por la propia naturaleza antológica que ha decidido adoptar. La cinta narra tres historias sobre desigualdad, injusticia y contrastes, de antónimos que son en realidad sinónimos. Tres perspectivas de un mismo escenario, tan contradictorias como complementarias. Tres miradas cuyo origen mismo condiciona la forma de concebir, sentir y entender una misma secuencia. Tres crónicas que, por desgracia, resultan estimulantes solo cuando son perpendiculares y se hace visible su contradicción. Pero es cuando estos trayectos son paralelos cuando es inevitable sentir que algunos de ellos son infinitamente más sugerentes que otros.

Dos road movies

Hay tres películas totalmente diferentes en Adú. Quizás sea este el motivo por el que me sea tan complicado escribir esta crítica. Siento que es difícil sacar conclusiones sobre una historia con personalidad múltiple. La cinta es tan cambiante como confusa, tan incoherente en su forma como en su narrativa. Mientras que la historia de Adú en busca de un hogar resulta tan tiernamente espontánea como inevitablemente desoladora (aún con sus peros), los otros dos relatos resultan faltos de alma, fríos y superficiales.

El poderío del hipnótico aunque hostil espacio y de esa desesperada lucha del hombre contra lo inmoral, lo incierto y lo injusto eclipsa por completo dos tramas de esteriotípico drama al más puro estilo telefilme. Esa pausa en movimiento, esos silencios llenos de significados, esa naturaleza entendida tal y como Herzog lo hacía, como algo tan terrorífico como imponente… Todos esos elementos tan estimulantes no dialogan en absoluto con el resto de historias, que no dejan de ser transcripciones del resto de imágenes, un sobrexplicativo epílogo.

Resulta absurdo creer que estas historias podrían ser equiparables a nivel dramático, estético e incluso humano. Adú acaba cayendo en la propia hipocresía que denuncia. Porque, al fin y al cabo, esta es una historia sobre cómo de diferente puede llegar a ser nuestra concepción del viaje. Para unos, el camino es lujo y desconexión, un ansia voluntaria por perderse para encontrarse a uno mismo. Para otros, desgraciadamente, es una lucha que alguien les obligó a iniciar en busca de un futuro que sustituya ese pasado que no es más que cenizas. Al fin y al cabo, el filme parece criticar la road movie tal y como Wenders la entiende. Quizás sea algo inmoral deambular con intenciones existencialistas cuando hay gente que se ve obligada a hacerlo para poder simplemente sobrevivir.

Un epílogo

El problema es que Salvador Calvo acaba convirtiendo su película en un tour turístico por la cruel odisea de Adú. Pudiendo contar esta trágica historia en primera persona, desde los (no tan) inocentes ojos del pequeño, decide contarla en tercera, banalizando así el mensaje original de la obra. Por supuesto que valoro el objetivo de Adú. La lección que quiere dar es necesaria, por muy superficial que sea. Nunca está de más que las productoras mainstream de nuestro país apuesten por un cine social y crítico. Pero dar por hecho que necesitamos personajes españoles para contar esta historia es hipócrita y un tanto egocéntrico. Dejemos hablar a Adú. Dejemos hablar a los verdaderos protagonistas de la historia. Porque es ahí, en lo que desconocemos, donde encontraremos la verdad más pura y, por consecuencia, más bella.

 

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